Daniel Muñoz vuelve al cine con desgarradora película grabada en nuestra región
En su reciente paso por La Serena, nos sentamos a conversar con uno de los rostros más prolíficos y queridos de la cultura nacional, el actor y folclorista Daniel Muñoz.
Con la imponente geografía de la Región de Coquimbo como telón de fondo —escenario fundamental de su última película, Mil pedazos—, Muñoz reflexiona sobre su proceso creativo, el estado actual de la cinematografía chilena y sus incombustibles proyectos musicales. Lejos del ruido mediático, el actor defiende el arte desde la trinchera del silencio actoral y el folclore.
Daniel, hace tiempo buscábamos esta entrevista y qué bueno coincidir con el lanzamiento de tu película “Mil Pedazos”, que bien que eligieras grabar en nuestra región.
Es un lugar que cada vez está más presente en mi agenda, así que tenemos otros viajes planeados para acá.
Tuve la oportunidad de ver Mil pedazos, grabada al interior de Vicuña. Es una película conmovedora, con un mensaje fuertísimo. Es un motivo de orgullo para la región tener un proyecto gestado acá.
Absolutamente. El paisaje de Vicuña es hermoso e inspira mucho el trabajo del actor. Es una historia difícil de contar, pero que paradójicamente, siendo trágica, genera sentimientos muy positivos en el público. El guión plantea una premisa crucial: te pone en los pantalones del personaje y te hace preguntarte, «¿qué haría yo en esa situación?». En tiempos tan polarizados, donde el peligro parece estar a la vuelta de la esquina, la película habla de reconciliarse con lo bueno que uno tiene alrededor.
¿Cómo se construye un personaje tan complejo? Estamos hablando de un ermitaño, alguien que decide aislarse del mundo. Y no solo existen en parajes lejanos, también vemos ermitaños urbanos, gente que se invisibiliza en la calle o incluso dentro de una oficina.
Exacto. Hay una condición humana que va más allá de la pobreza o la indigencia. En la película, la opción del personaje para aislarse nace de la culpa. Él busca el desierto exterior para reflejar su desierto interior: un espacio de paz, soledad y silencio que poco a poco se vuelve mágico. El conflicto estalla cuando otro personaje, movido por la misma culpa, intenta «salvar» a esta familia, forzándolos a regresar a la sociedad. Ahí es donde se provoca la tragedia.
Como actor con una trayectoria tan reconocida, ¿cuánto demoras en construir un personaje de esta magnitud antes de que se encienda la cámara?
Es muy relativo, es un trabajo orgánico. Parto del guión, pero el contenido real se va armando en el lugar. En Mil pedazos, sabíamos que había poca acción verbal y mucha acción física y silenciosa. Tuvimos que crear ese entorno familiar: jugar mucho con la niña actriz, con la perrita, armar la dinámica en la cabaña. El director, Sergio Castro, nos ayudó a ir mutando la historia, descubriendo formas no verbales de contar este desencuentro.
Tu carrera abarca desde la comedia popular hasta dramas profundos. Hoy vemos un cine chileno que también ha mutado, alejándose de las temáticas recurrentes de hace unas décadas y alcanzando prestigio internacional.
Es innegable que el cine chileno ha alcanzado la madurez. Hay un movimiento muy potente que está reencantando al público con la idea de ir a la sala de cine a ver producciones nacionales. Pasamos de un cine puramente de entretención a contar historias humanas profundas. Lo vemos con premios internacionales como los obtenidos por “La Misteriosa Mirada del Flamenco” en Cannes, el trabajo constante de la productora Fábula y los hermanos Larraín, las actuaciones de Alfredo Castro y Paulina García, o el impacto documental que tuvo la historia de Augusto Góngora y Paulina Urrutia. Es una cinematografía que habla desde una autoría propia, sin intentar imitar moldes extranjeros.
Sabemos que tienes una agenda llena de proyectos, no solo en la actuación, sino también en tu faceta musical. ¿Qué te trae de vuelta a los escenarios pronto?
Estamos con dos proyectos musicales fuertes. Con «Los Marujos» vamos a estar itinerando por el sur presentando un espectáculo basado en un disco colaborativo maravilloso llamado “También es Cueca”. Ahí se unieron Los Búnkers, Los Jaivas, Quilapayún, Valentín Trujillo, Denise Rosenthal, María José Quintanilla, Leo Rey, entre otros grandes.
Y, por supuesto, regresaré a La Serena en octubre para el Festival de Cine (FECILS), pero también me presentaré con «Los Concho Vino», un lote más pequeño, haciendo un espectáculo imperdible.
Entre la actuación y el folclore, te has consolidado como un defensor acérrimo del arte chileno. ¿Cómo te defines hoy?
Me defino exactamente así: un defensor del arte, de la cultura y de la disciplina artística chilena. Es un ser delicado que hay que proteger. El arte es lo que define a un país; no es mero entretenimiento, es una responsabilidad para todos los que lo hacemos y para quienes lo comunican.
