Los artesanos de la imageny el papel que Coquimbo exporta a La Furia del Libro
La industria editorial chilena se prepara para un hito sin precedentes. Entre el 28 y el 31 de mayo, el Centro Cultural Estación Mapocho abrirá sus puertas para una edición de La Furia del Libro que romperá todos los récords: más de 330 editoriales darán vida a la feria más grande de su historia. Sin embargo, más allá de las impresionantes cifras y la inédita llegada de 60 sellos internacionales, la verdadera revolución se está gestando lejos de la capital.
Desde la Región de Coquimbo, una delegación de creadores y artesanos del libro alista sus maletas para tomarse los mesones regionales, demostrando que la literatura no solo se lee, sino que se observa, se toca y, sobre todo, se repara.
La cruzada visual
Javier Frédez González, representante de la Agrupación Cultural Frejol Mágico, tiene clara su misión en Santiago. Con tres años de trayectoria en el mundo editorial, su agrupación se ha enfocado en un nicho que está redefiniendo la forma de contar historias: la narrativa gráfica y el cómic.
Para Frédez, el texto tradicional está cediendo terreno ante el poder de lo visual. Su objetivo en la feria es contundente: «darle visibilidad nacional a ilustradores que se están metiendo al mundo editorial» y generar contactos tanto con sellos latinoamericanos como nacionales.
El trabajo de Frejol Mágico es importante. Han colaborado con editoriales como Desastre Natural en la obra «Los Perdedores» del autor Rodán Castro, un libro que aborda el difícil tema de la pérdida a través de la imagen, acercando conceptos complejos a los más jóvenes. También han trabajado junto a Editorial Guillotina en proyectos como «Aves migratorias en la Región de Coquimbo» de Camila Guaman.
Pero el desafío es grande. Frédez advierte sobre la necesidad de profesionalizar el sector, educar sobre los derechos de autor —un trabajo que realizan apoyados por el grupo de poetas Astromelias Salvajes— y, sobre todo, romper el aislamiento territorial. «Necesitamos salir… necesitamos un medio que no se mueva a nivel regional, que se mueva para afuera, internacional, nacionalmente y no tenerle miedo a eso», sentencia con convicción.
Pía Ahumada: La cirujana de las páginas olvidadas
En el otro extremo del ecosistema editorial regional se encuentra Pía Ahumada. Dedicada al oficio desde el año 2013, Ahumada es una trabajadora independiente que domina las artes de la encuadernación, la publicación y la reparación de libros. Mientras Frédez empuja hacia el futuro visual, Ahumada rescata la materialidad del pasado.
En una escena local que ella misma define como pequeña («somos poquitos»), su labor es casi quirúrgica. «Yo reparo, le devuelvo al libro su funcionalidad e imito en lo posible la encuadernación», explica, marcando una clara diferencia entre la simple restauración estética y la verdadera rehabilitación de un texto para que vuelva a ser leído.
Ahumada tiene una visión muy crítica y lúcida del mercado actual. Observa cómo el libro físico se ha transformado progresivamente en un objeto inalcanzable. «El libro se transformó en un objeto más de lujo», reflexiona, apuntando que los compradores rara vez se arriesgan a invertir grandes sumas en autores emergentes. Su respuesta a esta elitización es la resistencia a través del formato: crea fanzines y plaquettes, formatos más pequeños y económicos que permiten que la obra de nuevos talentos logre circular sin la barrera del precio.
Vanguardia es analógica
La Furia del Libro 2026 se perfila como un gigante comercial, con una apuesta concreta por la descentralización que incluirá diez mesones regionales financiados en conjunto con el Ministerio de las Culturas.
Pero aquí radica el giro inesperado de esta historia: mientras cientos de editoriales viajarán a la capital con la esperanza de ser absorbidas por la «gran industria» y digitalizar sus catálogos para sobrevivir, la delegación de Coquimbo va a hacer exactamente lo contrario. Frejol Mágico y Pía Ahumada no buscan adaptarse a la frialdad de las pantallas ni a las lógicas de producción masiva. Su revolución es radicalmente analógica.
Van a Santiago a demostrar que el futuro del sector no está en el algoritmo, sino en el pulso humano de un fanzine cosido a mano o en una ilustración que retrata los cielos limpios de Coquimbo. No van a pedir permiso para entrar a la industria; van a mostrarle a la industria que, sin la textura de los libros reparados de Pía y sin el riesgo visual de los ilustradores de Javier, el ecosistema editorial chileno no tiene alma.
