Maternidad, carga doméstica y la generación de «hombres princesos»

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El mes de mayo es el mes de las madres. El comercio se vuelve loco y las ventas se disparan, superando incluso a las festividades navideñas. Es el momento en que los hijos buscamos el gesto perfecto para celebrar a quien nos trajo al mundo. Sin embargo, en medio de esta gran celebración llena de flores y regalos, no puedo dejar de conectar con la realidad cruda del rol materno: esa mujer que no es solo mujer, sino un engranaje de miles de roles más, sostenidos por una carga invisible y agotadora llamada carga mental.

La carga mental es esa gestión que no se ve, pero que resuelve, anticipa y complementa la vida de cada integrante de la familia.

Es saber qué falta en la despensa, cuándo toca el control médico, qué materiales pidieron en el colegio o qué regalo comprar para el cumpleaños del compañero de curso. Y es importante aclarar que destaco a la madre porque, en más del 90% de los casos, según datos que resuenan en mi consulta, es ella quien lleva este peso sobre sus hombros.

En mi profesión, escucho constantemente a madres agotadas. Tristemente, muchas conviven con figuras masculinas que se han vuelto «invisibles» en la gestión del hogar; hombres que se mantienen como espectadores pasivos, a quienes me atrevo a llamar «esposos san­guijuelas». Son hombres que se mantienen en una pasividad cómoda, sobreviviendo y alimentándose de la energía y la planificación de sus esposas, sin asumir la iniciativa de la vida que comparten.

En las sesiones, me veo trabajando con esas mujeres, creando pizarras de pendientes que les recomiendo poner en la cocina; una estrategia visual diseñada para que ellos no tengan que preguntar qué falta, sino simplemente mirar y actuar. No obstante, la realidad nos golpea: esas pizarras suelen quedar como un simple recordatorio más para la mujer, mientras el compañero es­pera cómodamente a ser «mandado».

¿Qué nos pasa?

Es imposible no preguntarse qué sucede en nuestra sociedad actual. Ya no vivimos en una era donde la mujer se dedica exclusivamente al hogar; hoy tenemos mujeres trabajadoras que aportan un porcentaje significativo del ingreso familiar. Esto, más que un dato financiero, es algo más profundo: si la mujer trabaja, significa que no está en la casa. Sin embargo, ellas siguen llevando casi el 100% de la carga doméstica. Estamos observando una generación de «hombres princesos», pasivos y dependientes, que requieren ser recordados constantemente de sus responsabilidades básicas para que el barco familiar no se hunda.

Este mes de mayo, el mejor regalo para una madre no está en una vitrina. El reconocimiento real no es un objeto o un regalo caro, sino la autonomía y la corresponsabilidad de su pareja. Es hora de dejar de ser «ayudantes» para con­­­vertirse en compañeros, per­mitiendo que esa mujer finalmente suelte la pizarra y recupere su derecho a descansar, no solo físicamente, sino mentalmente.

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