|

Cambió su consola por las estrellas: el despegue robótico de un joven chileno

Comparte

Vicente López tiene 17 años y cursa cuarto medio en Coquimbo. Su talento fue galardonado por el Observatorio Europeo Austral (ESO) y ya dicta clases en la propia academia de ciencias de su colegio.

En la habitación de un adolescente promedio es fácil encontrar consolas de última generación, indumentaria deportiva y algunos juguetes que quedaron de su infancia. En la de Vicente López (17), en cambio, el ecosistema es completamente distinto: allí conviven placas de Arduino, manojos de cables, filamentos de impresión 3D y pesadas herramientas de mecánica.

Vicente cursa cuarto medio en el colegio Leonardo Da Vinci, en la comuna de Coquimbo, y su historia es la de una vocación científica forjada a punta de curiosidad, ensayo, error y mucho sacrificio.

Hace poco más de tres años, cuando apenas tenía 14, sintió un impulso irrefrenable por la electrónica y el hardware. Quería construir un robot. “De un día para otro me animé a hacerlo, obviamente con esfuerzo y con materiales básicos”, recuerda el joven con una serenidad asombrosa para su edad.

Sin embargo, la ciencia y el desarrollo tecnológico exigen recursos económicos que, en la adolescencia, no suelen abundar.

La solución que encontró fue drástica, pero profundamente reveladora de su carácter. “Tuve que vender mi Play… mi Play 4, y con eso me compré mi primer kit de Arduino”, confiesa sin un asomo de arrepentimiento.

Ese primer paso, que para cualquier escolar habría supuesto una dolorosa tragedia recreacional, para él significó el boleto de entrada a un universo fascinante de programación.

De forma completamente autodidacta, devorando tutoriales en plataformas de video y apoyándose en herramientas de inteligencia artificial, comenzó a materializar sus ideas.

Su entorno familiar fue un pilar invisible pero inquebrantable en esta etapa. Su madre, Gisela Cáceres, contadora de profesión, y su padre, Benito López, experimentado tornero industrial, le brindaron el respaldo necesario. De hecho, fue su propio padre quien ofició de maestro de taller, enseñándole la precisión del trabajo manual: así aprendió a usar el pie de metro, a registrar mediciones exactas y a dominar la técnica para doblar tuberías de PVC mediante calor.

Así nació su primer prototipo funcional: un robot inalámbrico de seis ruedas equipado con cámara y brazo robótico, fuertemente inspirado en el diseño del rover Perseverance.

Operado mediante un control de radiofrecuencia (RC) con un alcance que ronda los 500 metros, esta maravilla escolar construida con trozos de PVC le demostró a Vicente que sus sueños poseían tracción en el mundo real.

El gran salto con la ESO

El camino de la ciencia, al igual que la exploración espacial, está pavimentado sobre intentos fallidos y perseverancia pura.

Tras finalizar su primer rover y presentarlo con gran éxito ante estudiantes en el congreso del Observatorio Científico Regional Estudiantil (OCRE), Vicente decidió apostar aún más alto. Impulsado por el genuino deseo de masificar el acceso a la tecnología en su comunidad, preparó un proyecto para postular a los prestigiosos fondos concursables del Comité Mixto ESO-Gobierno de Chile.

En su reciente adjudicación para el período 2025-2026, el fondo repartió más de 600 millones de pesos chilenos destinados exclusivamente a promover iniciativas de difusión de la astronomía, astroingeniería y proyectos científicos a lo largo del país.

Vicente postuló en tres ocasiones distintas. Lejos de claudicar, y apoyado por profesores de su colegio, ajustó su propuesta hasta que finalmente logró el anhelado financiamiento para su institución. “Me informaron este año que gané”, relata con evidente emoción y madurez.

Gracias a estos recursos monetarios adjudicados a su colegio, el Leonardo Da Vinci ha logrado implementar y ejecutar exitosamente una academia de ciencias enfocada en robótica y astronomía.

El intelecto de este joven coquimbano no se limita a ensamblar piezas de plástico y silicio. Su mirada crítica apunta a la profunda desconexión que a menudo existe entre la astronomía pura y la ingeniería aplicada.

Mientras la astronomía investiga los enigmas del cosmos, la ingeniería electrónica, explica él, es la que “permite crear estas imágenes y capturar el universo a gran escala”.

Esta visión holística lo motivó a explorar la infraestructura de clase mundial que alberga su región. En marzo, tuvo la oportunidad de visitar el mítico Observatorio La Silla, maravillándose con la majestuosidad de sus cúpulas. Su interés principal estaba en el Telescopio de Nueva Tecnología (NTT).

El joven, que en sus ratos libres disfruta del skate, el kayak y el bodyboard, no tiene pósters de músicos de moda en sus paredes. Sus grandes referentes son eminencias de la ciencia: el profesor José Maza, el físico divulgador español Javier Santaolalla, el célebre astrónomo Mario Hamuy y el físico Andrés Gomberoff.

Su admiración es tan fuerte que Vicente tomó la iniciativa de escribirle directamente por correo a Mario Hamuy tras leer su libro Viaje al Big Bang. Para su grata sorpresa, obtuvo una respuesta personalizada de Hamuy, Premio Nacional de Ciencias Exactas.

Un futuro de circuitos

Hoy, los métodos de trabajo de Vicente han evolucionado de forma radical. Dejó atrás el rústico PVC doblado al fuego y adquirió su propia impresora 3D para fabricar con precisión milimétrica los modelos que él mismo diseña; su proyecto más reciente es un sofisticado robot con forma de araña.

Aun así, reconoce que su nivel de compromiso intelectual forja una cierta distancia natural con el resto de su generación. “A muy poca gente le interesa la ciencia en mi curso”, admite, visualizando una brecha evidente en una juventud que muchas veces vive conectada a las pantallas sin cuestionarse los fascinantes circuitos que operan detrás de ellas.

Planes para el futuro

A punto de egresar de la educación media, el futuro de Vicente López ya está prácticamente delineado. Aspira a ingresar a la educación superior para formarse en Ingeniería Electrónica, evaluando opciones de enorme prestigio académico como la Universidad de La Serena o la sede central de la Universidad Técnica Federico Santa María en Valparaíso.

Sin embargo, su ambición máxima no radica en amasar fortunas ni integrarse exclusivamente a la gran industria corporativa. Su meta más íntima es devolver el conocimiento a su comunidad. “Algún día, quizás, tener mi propia academia de robótica en la que se pueda aprender de una forma diferente”, decreta como su gran anhelo final.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *